Sábado 2 de agosto, 2003. San José, Costa Rica.

Rony Muñoz es vecino de Santa Marta, con un rosario en mano por devoción y rindiéndole tributo a la Virgen de los Ángeles, caminó por más de 5 horas. Para el otro año, asegura que caminará desde la Península de Osa.

Una huella de amor

Alejandra MADRIGAL ÁVILA / Al Día

Tras sus pasos me dejaron una huella de fe, devoción, amor, llanto, dolor o simplemente el anhelo de compartir con ellos una petición.

Fueron miles los peregrinos con quienes nos mezclamos el fotógrafo Herbert Arley y yo. Desde las 9:30 a.m, en San Pedro, hasta terminar cinco horas después en la puerta de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles.

En los rostros de cada uno, trataba de buscar signos de un verdadero acto de fe, pero fueron ellos quienes me reconfortaron en la larga y cansada caminata.

De doña Edilia Marín de 69 años y vecina de Hatillo 7, aprendí la fortaleza y persistencia por un amor.

Cerca de las 11:45 p.m., un grupo reducido de personas entraba a Taras de Cartago, con el anhelo de llegar hasta donde la Virgencita.

La encontré en Tres Ríos y caminaba junto a su esposo Óscar Valera, tomada de la mano. Cada paso que daban se sonreían y preguntaban cómo se sentían.

Sin que me lo dijeran, este matrimonio me desmostró por qué lleva más de 40 años casados.

Empezaba el ascenso a Ochomogo, el frío y la persistente llovizna se tornaban tediosos. Allí pocos conversan, había que guardar aire para llegar.

Pero fue en el lugar típico de descanso, Recope, al finalizar Ochomogo, que hallé a don Eugenio Portugués, de 79 años, cuando descansaba.

“Aquí voy con la fe de llegar donde La Patrona, no voy a pedirle nada especial, este es un año más de agradecimiento por tenerme con vida y unido a mi familia. Pídale usted por mí que yo a Ella le voy a pedir por usted, que a partir de ahora es mi amiga, porque por los amigos hay que orar”, me dijo.

Le respondí con una sonrisa, me levanté y cuando llegué a la Basílica le pedí a la Virgencia por él y también por una amiga mía.

Pero el encuentro con Johanna Sandí, de 17 años, al final de Ochomogo, fue distinto.

“Mi abuela acaba de morir, estaba sufriendo y le pedía a la Virgencita una muerte tranquila para ella, aunque yo me esté desgarrando por dentro. Le pido me dé la fortaleza para aceptar su muerte”, me contó.

Lloramos y terminé aceptando en parte y lo confieso, que la mía tampoco está conmigo y que hoy estaría cumpliendo 88 años de edad.

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