Domingo 19 de octubre, 2003. San José, Costa Rica.


La pequeña Hilary Salazar cuenta con el apoyo de sus padres, quienes se entregan a ella sin condición. Su fortaleza se la acreditan a Dios y a la mano que reciben en el Albergue San Gabriel. (Todas las fotografías de este reportaje se tomaron con autorización de los padres de los niños). Abelardo FONSECA / Al Día

Casa de ángeles

En el Albergue San Gabriel, 100 menores reciben grandes dosis de amor. Ello los ayuda a enfrentar sus enfermedades degenerativas

Neyssa M. CALVO ACHOY / Al Día

El día siempre empieza con una sonrisa. Así son recibidos los niños que asisten al Albergue San Gabriel del Hospital Nacional de Niños, ubicado en el Paseo Colón.

Ahí encuentran un alivio para sus dolencias físicas y calman sus temores con juegos y grandes dosis de comprensión, solidaridad y amor.

A las 8 a.m. se abren las puertas y los pequeños empiezan a llegar en los brazos de sus padres, en sillas de ruedas o incluso corriendo.

Además:

  • Apoyo
  • El personal médico y voluntario se convierte, a partir de ese instante, en sus ángeles de la guarda. Los niños se empiezan a desplegar por toda la casa: unos se van a la sala de juegos, otros van a la cocina a saludar a la cocinera, doña Ana, o se quedan jugando Nintendo.

    Algunos padres permanecen en el albergue con sus hijos y se convierten en parte integral del programa, pues también velan por los otros pequeños.

    Los pacientes son niños y también adolescentes que luchan contra males neurológicos degenerativos, malformaciones congénitas y tumores, entre otros.

    Fuerza interior

    Junto a una de las camitas, Lenin Salazar y Guiselle Quesada conversan sobre Hilary, su hija de dos años y ocho meses. Ella padece un mal degenerativo que ya cobró la vida de su hermano Lenin, de cinco años, hace seis meses.

    Los juegos son parte de la terapia psicológica que reciben los pequeños. Ericka ya tiene dos meses en el albergue.

    Doña Guiselle sostenía en brazos a su pequeña, que dormía plácidamente. La arrulla como si fuera una recién nacida y con gran dulzura acaricia su cabeza.

    De pronto, don Lenin saca del maletín la foto de su primogénito, Lenin, y sonriendo dice: “Él es mi hijo y siempre anda con nosotros, aunque ahora nos ve desde el cielo”.

    A mi espalda, una mujer le canta una canción de cuna a Ericka, quien ya tiene dos meses de asistir al albergue. “Aquí venimos a llorar y no nos da vergüenza, porque todos nos entendemos. Se siente muy bien porque también aprendemos a cuidar a nuestros pequeños en casa”, dice doña Guiselle.

    “Duele mucho cuando un hijo muere, yo lo sé, pero Dios nos da la fuerza para seguir adelante. Ahora tenemos que volcar nuestro amor para Hilary, que nos necesita”.

    La pareja, oriunda de El Tablazo, en Acosta, está muy agradecida con el albergue, pues “aquí vieron a nuestros hijos casi desde que nacieron”.

    Asimismo, le agradecen a Dios el tener a su pequeña con vida, disfrutar cada gesto y el tener fuerza para enfrentar la situación con valentía.

    Centro pionero

    Los niños hablan entre ellos con mucha familiaridad e incluso llegan a desarrollar una gran amistad, como Fabiola, de 16 años, y Marcos, de 13. A ellos siempre se les ve juntos, dice la psicóloga Marielos Arce.

    Ambos reciben las terapias psicológicas al mismo tiempo, pues así desnudan sus sentimientos con facilidad ... se liberan.

    El objetivo del alberque es mejorar la calidad de vida de niños y jóvenes con una enfermedad avanzada progresiva sin posibilidad de curación.

    La idea, dice el psicólogo Sebastián Morera, es que los niños se sientan felices, disfruten y se olviden de las camas de hospital, los médicos y enfermeros.

    Incluso, “nosotros no usamos gabachas y hay mucha armonía en las paredes de la casa, para que los niños se sientan como en casa”.

    Agrega que el voluntariado es fundamental, pues también “pretendemos que los padres se den un espacio para ellos”.

    Morera cuenta que el Albergue San Gabriel tiene 13 años de existencia y se convirtió en el primero en Latinoamérica en el desarrollo e implementación de los Cuidados Paliativos Pediátricos.

    Se espera que en el futuro se convierta, en un lugar donde los pequeños permanezcan internados cuando lo requieran.

    Sostén económico

    Además de dar apoyo psicológico, recreación y rehabilitación, en el albergue se da asistencia económica a las familias que lo necesitan. Por ejemplo, con el suministro de alimentos, medicamentos y equipos médicos, que se prestan gratuitamente.

    Morera señala que el 98 por ciento de los pacientes son de escasos recursos. Debido a la enfermedad de sus hijos, las familias deben incurrir en gastos adicionales.

    Doña Flor Rojas, de Cipreses de Oreamuno, sabe bien de las necesidades que puede enfrentar una familia con un enfermo en casa.

    Indica que a veces “se come en casa arroz y frijoles, pero las verduritas y las sustancias son para María Gabriela, que las necesita más que todos. Sabemos que debe tener una alimentación especial, pero a veces el bolsillo no da para más”.

    María Gabriela, de 13 años, padece de un mal degenerativo y desde los cuatro años empezó a retroceder en su desarrollo hasta quedar en cama.

    Doña Flor está dedicada a su hija las 24 horas del día, y cada vez que asiste al albergue se siente más relajada porque la atención se vuelca también hacia a ella. Incluso, dice que le dan masajes para aliviar el dolor de espalda que siente con frecuencia.

    Escuchar la historia de estas valientes madres es parte de las funciones del personal permanente y voluntario. El no involucrarse con los pacientes es imposible, aseguran quienes trabajan en el albergue, pues para ellos cada niño es un pedacito de Dios que los ayuda a crecer espiritualmente.


    Apoyo

    La psicóloga Marielos Arce imparte una de sus terapias emocionales a Fabiola y Marcos. Allí, ellos se muestran tal como son.

    Si usted desea colaborar con la Fundación Pro Unidad de Cuidado Paliativo, puede incorporarse al voluntariado en el número de teléfono 256-9404 o hacer sus donativos en las siguientes cuentas:

    Banco Nacional de Costa Rica: Cuenta número 157986-1.

    Banco de Costa Rica: Cuenta número 001-0220701-0.

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