Ana Coralia Fernández
Algo insólito. Ayer cuando la lluvia dio una tregua en la mañana y salió el sol como un OVNI, aproveché para caminar con el perrillo por esos caminos de Dios.
Al cruzar por una calle del barrio, donde cada vez es más frecuente ver a gente parada en la puerta para entretenerse, a falta de pantallotas LSD o de sofisticados sistemas de televisión por cable, tuve que detenerme ante una escena casi olvidada: en la acera frente a una casa había una rueda de personas mirando a dos niños. Un niño y una niña. Ella intentaba por lo menos dar diez saltos seguidos con una suiza nueva. Los saltos torpes y desacompasados mejoraban a cada grito de la madre y de la abuela que la animaban como improvisados entrenadores de una extraña “sele”. Él por su parte, arrollaba apurado la manila de un yoyo nuevo y lo intentaba otra vez y otra y otra, hasta dominar el sencillo juguete que bien imita la complicada bolsa de valores.
Esto no fue lo que me llamó tanto la atención, sino más bien cómo los adultos, apoyaban, daban instrucciones y hasta se jactaban de cómo ellos en sus tiempos habían sido los mejores jugando a la cuerda, o al yoyo, sin que nadie pudiera superar su técnica.
Los pupilos, “picados” y motivados, ensayaban con más entusiasmo mientras madres, padres y abuelas comentaban y se veían apenas ayer, en los diminutos saltos de la suiza y las maromas del yoyo.
¿Cuándo podríamos decir frente a un Wii o un Xbox yo era buenísimo en eso? ¿Cuándo podríamos competir con Guitar Hero con nuestros pequeños?
Tal vez con mil años de práctica. Lo cierto es que la felicidad, la unión familiar y la alegría de estar juntos, parecen estar, al extremo de una cuerda.
© 2010. Periódico Al Día. El contenido de aldia.cr no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito del Periódico Al Día. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@aldia.co.cr.