No muy grande, no muy pequeña, como una pelota de fútbol cinco, cristalina, más bien blancuzca, de casi tres kilos. La compré para el inicio del campeonato nacional, después de mucho tiempo sin bola de cristal. No creo mucho en ella, como tampoco en las cartas, en la lectura de la mano, ni en método alguno de clarividencia. Pero estaba en oferta. ¡Total! Después tan impredecible campeonato, con tantos batazos fallados como el peor de las Grandes Ligas, con el sétimo y el noveno lugar de la primera fase disputando el título,  no habría peor consecuencia que fallarla de nuevo.

 

-Se me quebró la bola de cristal –respondía siempre de entrada, cuando alguien pedía un pronóstico-. Esta vez, sin embargo, correré el riesgo con mi nueva adquisición. Coloco un mantel negro sobre la mesa y la bola en el centro -como sugieren lo entendidos-.

 

Me relajo: A Brujas lo veo con la cara de trasnochado, de regreso al trabajo el día después de un fiestón. Con final de campeonato el 29 de diciembre, si acaso tuvo tiempo del “Feliz Año Nuevo! antes de volver al trabajo. Aunque no le irá muy bien en las primeras fechas, luego se repondrá para al menos clasificar.

 De repente hay brumas en mi bola de cristal, pero no en Cartago, sino en pleno Puntarenas. En ajustes por el nuevo técnico y la partida de algunos jugadores importantes, si acaso clasificará. Tendrá más angustias en lo económico.

Se despeja la neblina. La Liga y Saprissa volverán al protagonismo. Eliminados el 6 de diciembre, contaron con casi mes y medio de preparación, incluyendo descanso, trabajo físico y el regreso a la pelota, como ningún otro de los aspirantes al título. Sin Selección de por medio, ni torneo de la Concacaf, alguno de ellos volverá a la final. ¡Y a lo mejor los dos! La imagen se torna difusa…

 Veo una sábana. Una cebra.  Cruza corriendo, se detiene a tomar a agua, busca una sombra, descansa un rato, vuelve a correr a toda velocidad pero no tarda mucho en parar su galope. Tiene que ser Liberia, que ya no es mía, ni suya. ¡Quién sabe de quién! (además de Sotela). Andará en altibajos, con partidos dignos de un aspirante al título y otros de un cualquiera. Andará en desamores, pretendiendo conquistar a Guanacaste entera, sin perder el cariño liberiano. Vivirá nuevas discusiones fuera de la cancha.No lo digo yo, sino mi bola de cristal. Por cierto, la vendo a buen precio. Una vez iniciado el campeonato a mí de poco me sirve. Tal vez usted le saque mejor provecho. Escucho ofertas.

 

Sirve café,  refrescos, unos bocadillos. Pantalón negro, camisa blanca, sueños de colores. No colores cualquiera, sino en los tonos exactos. Verde césped, blanco pelota, negro botín de fútbol, como los tacos de su hijo, especialmente el izquierdo -¡Vieras ese zurdo!   -cuenta una y otra vez a quien le entable conversación-. Sueños multicolores como se tiñen las tribunas repletas de aficionados, destinadas a deleitarse algún día cuando crezca ese “piojo” rubio de tan solo nueve años.  


“Pelezinho”, le llama él a su pequeño Pelé tico, en versión blanca, de pelo "chuzo" sobre la frente y si acaso metro y medio de estatura. El sobrenombre ahora es más suyo que del niño. No muchos saben de Gerardo el salonero, pero en la empresa no hay  quién no sepa de “Pelezinho”.


Si el semáforo no le alcanza a Louis para soñar, en la canción de Franco De Vita, a “Pelezinho” le basta y sobra mientras sirve algún almuerzo. De ensalada, la admiración fresca, aderezada con los últimos elogios de algún desconocido viendo al pequeño jugar; de plato fuerte, la jugada que se hizo el otro día, cómo la bajó, ¡cómo definió!.


¿Y cómo le digo que el camino al fútbol profesional es caprichoso? Él parece saberlo. Le insiste a “Pelezinho” que se esfuerce en el estudio como su hermana mayor. Nunca se sabe. -Solo Dios sabe -responde-.

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