Cuando Warner Rojas alcanzó la cima de sus primeras montañas quizá la noticia fue para sus madre, su familia y sus amigos más cercanos. Para nadie más.
Pero cuando un sueño se convierte en obsesión, hace que muchos despierten de su letargo.
Si Franklin, Silvia, Claudia, Laurence, Nery, Hannah, Bryan, Andrey y Warner, entre algunos que se me escapan, no hubiesen tenido un sueño así, todos los demás pensaríamos que la casa llegaba hasta la tapia que limita el patio. Pero ellos vieron más allá.
En la banderita que llevó cada uno, fuimos todos encaramados.
Así, fuimos al espacio, nadamos como bólidos, corrimos como ráfagas, peleamos como titanes, pedaleamos como centellas y escalamos la cima del mundo.
¿En qué parte del cuerpo estará enrolladillo ese hilo invisible que nos hace hermanos cuando se da algo maravilloso y sublime?
De pronto nos sentimos orgullosos y parecemos todos del mismo barrio, y nos motiva y nos carga las pilas que uno de nosotros alcance la gloria y la comparta con ese gesto único que nos identifica a veces a todos los ticos.
También aplica para los errores y por eso cuando alguno se equivoca, nos sentimos avergonzados y nos pesan los párpados.
Recae ahora en los atletas estas misión de contagiarnos de alegría y metas colectivas. No hay que dejar de ver a los artistas, a los escritores, a los inventores y a los que en lo anónimo y cotidiano también sacan al país adelante con su granito de arena.
Por mi parte, gracias. ¡Jamás imaginé que a mi edad, en los ojos de Franklin, pudiese ver al planeta azul desde mi nave o acariciara la cumbre del Everest en las manos de Warner.

Comerse un helado sin remordimiento, ver cómo juegan los niños sin prisa, saborear el primer cafecito como si fuera el último, dar gracias por el día vivido aunque estemos rendidos al posar la cabeza sobre la almohada, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Escuchar la voz de quien nos habla con el simple deseo de comunicarse y estar atentos a lo que nos rodea en sus contrastes y sincronías, en lugar de andar por ahí como muertos caminando y llenos de insólitas ironías, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Darnos permiso de jugar sin tiempo y de leer en busca de la calma o la premisa, apagar el celular para compartir la mesa o la risa, salir descalzos al patio para recordar qué tan frío era el rocío, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Tomarse un vinito a solas o con los buenos amigos, bañarse con agua fría, salir contentos de casa cuando comienza el día y regresar mansos de noche con manos agradecidas, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Apagar un queque de cumpleaños, pedir deseos en grupo o a escondidas, alegrarnos de vernos y extrañar la vieja cobija, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Levantarse de la mesa con hambre y de la cama con sueño, oler un libro guardado o ventilar los secretos, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Porque es un regalo estar vivos, recordarlo, apreciarlo y sentirlo y hacerle justicia al milagro de lo cotidiano compartido, es pequeño regalo que nos damos y  nos alargan la vida.

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