Allá cada mil años, se moría alguien en el barrio completamente ajeno para mí. Nunca nadie en la escuela y mucho menos en el colegio.
La muerte era una perfecta extraña, que provocaba en mi madre y tías unos estragos terribles, que nos obligaba a ir al horrible cementerio, pero que en lo inmediato no era más que una visitante ocasional.
Conforme fueron pasando los años, se fueron marchando primero compañeras del cole y después del trabajo, con lapsos más o menos lejanos.
Pero un día, un día, la señora encapuchada, la de guadaña y calavera, empezó a llevarse a los afectos entrañables y macizos en unos cuantos años y como los granos de un reloj de arena que entre menos quedan más rápido se van, la vieja corta con su herramienta los más caros amores y personajes de la vida real.
Ahora está instalada en las calles y en los barrios. Gana con la ira contenida de la gente y se lleva lo que quede: amigos, niños, indigentes, ancianos, muertos casuales que se atraviesan en el fuego cruzado de las pandillas, o que reciben una bala perdida mientras viajan en autobús.
En ese pulso infinito la vida y la muerte se juegan en una partida interminable nuestra inocentes expectativas y planes.
Pero, lo que sí es un hecho es que ya no es una extraña.
Ahora la reconozco. Puedo ver de lejos su sonrisa huesuda. Detecto sus huellas silenciosas merodeando por allí. Puedo percibir su barato perfume de flores viejas en el aire.
Pero yo la desafío viviendo cada minutico de vida como si fuera el último, el único, un diminuto tesoro de sesenta segundos...

Cuando te fuiste, apenas comenzaba mi vida. Llevaba veinticinco años conociéndote y ahora llevo veinticinco sin verte.
Aún así no se me borran de la mente el calor de tus besos y de tus abrazos. Todavía recuerdo cómo se me agitaba el corazón y se me abrían más los ojos, cuando te veía llegar a casa, siempre con pan, siempre con paz, siempre con bolsitas de esperanza.
¿Y de tu cuchara? ¡Cómo me iba a olvidar del milagroso sabor de tus platillos? Ni el mejor chef del mundo podría devolverme el sabor de tu pastel de limón con merengue doradito, la olla con el lustre de chocolate embarrado que degusté como el más exquisito manjar, ni los trozos de tu carne en salsa, escasos y delgados, ¡pero de morir soñando!
Una alianza se formó entre dos almas: vos que me esperaste con ilusión y ganas hasta que Tatica me mandó en DHL desde arriba, y yo que dejé ir a Él, a pesar de mi berrinche, porque hay un abrazo prometido en medio de la luz después de lo oscuro y el suspiro.
Nada se compara con tu mano sobre mi cabeza, capaz de aliviar jaquecas, desamores y tristezas.
Ningún premio se equipara a tus palabras de aliento y ninguna sentencia es peor que tu entrecejo fruncido.
Hace un cuarto de siglo que no te veo, mamacita. Hace lo mismo que ya no estás para reírnos o regañarnos, ser cómplices en la vida y burlarnos juntas de la muerte como hicimos tantas veces.
La bandida te llevó de pura envidia, porque no soporta a dos mortales que se quieran tanto, ni que el amor la derrote con su canto y le demuestre que una tumba no es pared que nos separa.
Hace un siglo y fue ayer, que  sangra mi corazón y llora mi alma.

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