La vida, bien podría definirse como una novela llena de finales alternativos.
Si tomamos uno, no deberíamos estar contemplando los “hubiera” o los “talveces”.
Como en el efecto mariposa, es claro que si hubiésemos cambiado algo de nuestro pasado, se borrarían quizás situaciones que ahora nos agobian y queremos eliminar, pero con ellas desaparecerían los rostros y las personas amadas que en el presente forman parte de nuestra realidad.
No es una cátedra de filosofía pues estoy muy largo de impartirla, pero si tengo esta certeza.
La palabra elegante de la fe, es la convicción, y creo firmemente en que el camino recorrido es una escuela de la que es difícil recibirse con honores y, como decía Mafalda, las graduaciones generalmente terminan en una vela...
¿Cuál capítulo de nuestra vida eliminaríamos del manuscrito? A lo mejor esos momentos horribles que todos llevamos apuntados en papelitos. Algunos siniestros y secretos, otros dolorosos como espinas, pero aún esos, han sido crisoles donde se gesta nuestro caracter y coraje. Porque al final, todo se resume en un álbum de momentos y circunstancias que en definitiva, forjan  nuestra identidad.
Yo no quitaría ni un solo protagonista del guión, no me sobra ningún párrafo, nadie en los créditos, nadie en el ‘staff’ de apoyo y en la producción final.
Cuando nacemos, Dios grita en alguna parte ¡Acción! y desde ese punto la vida se sigue dando como una historia llena de capítulos buenos y malos, pero todos imprescindibles.
¡Ah! Un tip único: no la escriban en borrador. A lo mejor no hay tiempo de pasarla en limpio.

Si usted pasa por afuera no ve más que un edificio en medio de fincas y carreteras, pero adentro, casi medio centenar de muchachas entre los 12 y los 16 años mecen sus esperanzas y oportunidades en la misma cunita donde duermen sus bebés. Por diferentes motivos, la mayoría sórdidos e imborrables, han tenido a su hijo sin saber siquiera en qué momento la vida les ha puesto tan duro reto. ¿Cómo podría desear un hijo salido de sus entrañas una niña de 12 años o una de 13? Lo normal es que lo imaginen como preadolescentes que son, pero no que a destiempo la maternidad las llame a tierra, por razones, como dije, completamente salidas de contexto, avergonzantes todas para una sociedad que se las da de moderna, adelantada y culta. Usted las ve sentadas en el comedor que de pronto se convirtió en auditorio, y parece una asamblea de escuela con chiquillas a punto de graduarse. Nadie diría que por cabeza hay un niño y hasta dos si fuera el caso, terminándose de criar junto a su madre pequeña. Allí en el refugio, que más que eso es un hogar, una familia, una casa, ellas tienen oportunidad de ser quienes son, estudiar y tratar de concluir lo que las circunstancias les hizo brincarse con garrocha. Algún día tendrán que dejar este seguro puerto, para de nuevo lanzarse a una marea de incertidumbres, pero con su niñito como razón para sobrevivir y defenderse a lo mejor lo logren, sobre todo si contribuimos a entenderlas y a decirles con nuestra actitud abierta e inclusiva, se puede continuar aún sin vivir la infancia.

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