La patria no es una banderita que se pega en el parabrisas en setiembre, ni el mapa que sale en el fondo de la fotografía que nos toman a todos en el kinder.
Si bien es difícil definir todo lo que implica ser ticos (sin que confirmarlo implique excluir a todos los extranjeros que aman a nuestro país de corazón y con su trabajo), a veces nos quedamos en los signos externos para expresar el sentido de pertenencia hacia nuestro país, hermoso, generoso y particular.
La patria a veces duele. Duele cuando por efectos naturales ocurren eventos como el terremoto de Nicoya, y se desmoronan junto a las paredes los sueños y la esperanza.
Duele cuando con solo echar un vistazo, parece que el país completo está en eterna construcción con caminos de piedras y barro, con puentes eternamente provisionales, escuelas que parecen sobrevivir a un huracán, hospitales y cárceles hacinadas.
La patria duele cuando las soluciones a tantas variables parecen confusas y lejanas.
Cuando a cada salto de un problema, salen elocuentes las palabras y las excusas y bostezan las acciones.
Pero la patria se despereza todos los días y se levanta en cada uno de sus hijos que con la cara lavada, inicia la tarea con un dejo entusiasta.
Pero este, como el petróleo o el agua, es un recurso agotable y limitado y por eso no debe subestimarse el espíritu tranquilo de la gente y creer que se adormece con promesas incumplidas.
La patria no es un farol que se enciende la noche del 14 de setiembre. Es una llama que se agiganta en la fragua del alma y que se quiere hasta decir basta.

Yo tuve caballos. Uno era blanco con manchas negras y otro café. Mansos y prudentes como no se ha visto. Fieles y cómplices en aventuras mil.
Los recogió mamá de una construcción. Los trajo a casa para que yo jugara y yo jugué.
En realidad eran dos burras de   palo de las que se usan para poner tablas o impedir el paso, pero en mis manos se convirtieron en un par de equinos poderosos.
Un almohadón viejo hacía de albarda, una soga, las riendas, de una corbata vieja armé los estribos y mi imaginación añadió la pradera, los indios, los búfalos, el desierto, el bosque y los campamentos bajo la luz de la Luna.
Mis dos jamelgos, siempre se alegraban de verme llegar de la escuela, tirar por ahí el bultillo y al enfundarme en mis pantalones de mezclilla, movían la cola, porque sabían que la caminata sería provechosa y volveríamos serenos de fantásticos paseos sin salir ni un centímetro del patio de 2 x 2 metros de mi antigua casa.
Anduvimos todo lo que se puede andar en ciudades y llanos, horas y horas, hasta que un día yo crecí y me tuve que marchar solo con mi guitarra en vandolera.
Pero en el establo de mi corazón ¡aparecieron! Y retozan y comen pasto y relinchan de la contentera porque en ese lugar lo que se queda, se queda.
Mis dos caballitos de palo, quieren que en este mes de los Niños nos vayamos todos juntos en una gran caminata, adultos y chicos, jóvenes y ancianos.
Vayamos a cabalgar por el cielo y más allá, empeñados en no dejar ir el tesoro de la infancia y así descubrir que el tiempo no pasa, que lo que se ama nunca se marcha y que es una gran mentira el viejo cuento de la edad.

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