Ahora que me acuerdo, nunca me pidió nada, Así como que yo les diga que por estas fechas me pidiera una ‘refri’, una cocina, un juego de muebles o una licuadora, no, nunca...
Ahora que lo repaso, lo que sí me pedía era que me portara bien (sin límite de edad o caducidad de la cédula), que sacara buenas notas, que hiciera lo correcto (aunque este punto fuera un poco impreciso y vago) y que me dedicara con pasión a los míos.
Ahora que lo pienso, no importa que el regalito fuera modesto, hecho en la escuela o que se redujera a una tarjetica coloreada con crayones o una de esas con versos rebuscados y genéricos. Ella igual lloraba emocionada, abría el paquete delicadamente como si se tratara de la más delicada joya y alababa con júbilo el obsequio, diciendo que era justo lo que quería y que cómo habíamos adivinado su deseo, aunque le hubiésemos dado un juego alicates para mecánica automotriz.
Ahora que lo veo en mi memoria, sus aplausos en las consabidas asambleas escolares eran los más efusivos y sinceros: para ella no había mejor declamación que la del cuarto A, ni mejor intérprete de fonomímica que yo, aunque la canción fuera de Raphael...
Sí. Estoy segura que mamá en cualquier parte del cielo que esté (no dudo que es en la VIP), cuando le lleve el ramito de flores al jardín donde duerme para siempre, me mandará un gran beso bendecido por su amor inmenso que la muerte no pudo derrotar.
Será un caso raro, pero tengo la sensación de que los regalados con semejante mujer, tan inteligente, alegre, visionaria y valiente fuimos sus hijos. No sé por qué le dábamos regalo, si ella siempre lo fue para nosotros.

El domingo pasado tuve el gusto de participar en la fiesta que organizó el zoológico Simón Bolívar para celebrar 96 años de su fundación.
En la callecilla de la entrada, la tradición ya había hecho su campamento: cientos de animalillos de plástico y de inflar esperaban a los niños -clientes seguros- que ante la impotencia de llevarse a casa un cocodrilo o un león, piden a golpe de berrinche una miniatura, que nunca vio la selva, ni le gruñó a su presa.
Después, un paisaje conocido: familias mirando silenciosas jaulas y fosos, con especímenes que en su mayoría han sido rescatados de cazadores furtivos o de comerciantes que solo ven en los animales silvestres y salvajes una mercancía.
Pues yo, contagiada de aquel ambiente me di la vueltica obligada repasando a la vez, los paseos dominicales de la infancia.
Finalmente, en mi recorrido me topé con el foso de los monos.
La misma estructura de tubos ya pulida de tanta maroma, las mismas cuevitas para que los primates duerman o se abriguen, la batea con frutas para que coman y varios ejemplares retozando.
Me le quedé viendo a uno, un poco asombrada por su innegable parecido a nosotros los humanos.
Él me devolvió una mirada penetrante, directa a los ojos. Vino otro, se sentó a su lado y se también me quedó viendo y así llegaron más hasta contar unos cinco.
Ellos y yo, viéndonos con la misma curiosidad, escudriñándonos con mil preguntas sin respuesta, por qués y cómos y cuándos...
Entonces rompí el hechizo y me vine cabizbaja y reflexiva, con la terrible sensación de que era yo la que estaba en cautiverio.

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