Esta semana con gran tristeza escuché la noticia: el hermano de Gabriel García Márquez le comunicó al mundo entero que el genio, el artista, uno de los pioneros del realismo mágico en América no volvería a tomar la pluma para escribir, debido a que padece una severa demencia senil, en parte hereditaria, y en parte detonada por el tratamiento de la quimioterapia que recibió Gabo, para combatir un cáncer linfático que amenzaba su vida.

Mientras la noticia transcurría con una serie de detalles como el creador de Macondo estaba bien de salud, mantenía su magnífico sentido del humor y se expresaba bien, yo me perdí en varias preguntas:

- ¿Cómo?- pensé, ¿Puede un sublime loco genuino padecer de demencia? ¿Puede un demente que es capaz de crear los mundos más fantásticos, los personajes más humanos y a la vez imposibles, el hombre que hizo que después de tender una sábana una mujer saliera volando y que todos lo creyéramos llegar a la locura?

No lo creo. Cuando mucho llegará a la cordura. Esa de la que todos somos prisioneros y queremos huir. Esa que es un grillete que impide que nuestra alma sea libre y viva intensamente como José Arcadio Buendía o Úrsula Iguarán. Esa que nos pesa y se burla de nosotros cuando recordamos que somos seres de luz y como una carcelera que se divierte con su trabajo, nos enseña la llave de la cerradura y la avienta por la ventana. Gabo, sin duda alguna, padece una cordura senil, esa que siempre desafió en sus años mejores, cuando inventaba pueblos sin cementerios para poderse escapar de la rutina que es como decir cien años de soledad.




Un día de estos en uno de estos programas de la mañana que pasan por televisión, de esos que hacen cátedra del sentido común y nos recomiendan que salir con sombrilla en invierno evita resfriados y que desayunar bien por las mañanas nos da energía, hicieron una nota que hablaba de la importancia de dejar jugar a los niños cuanto quisieran, pues entre otros beneficios, jugar les enseñaba a ganar y a perder, a esperar el turno, a competir y a desarrollar otras habilidades que les serían útiles para la vida.
Cierto sí, nuevo no. Los que tuvimos el privilegio de nacer y crecer en un país más seguro y menos enrejado, podemos dar testimonio de que tuvimos una niñez donde el juego fue la prioridad.
Jugamos todo el tiempo y sin medida. Teníamos vacaciones no opulentas, pero sí placenteras llenas de árboles para escalar, zacatales para correr, charcos y pozas para explorar, pisos encerados para darle a los cromos y los jacses, aceras esperándonos para la rayuela, el caballito, el ‘ambo, ambo’ y el ‘mirón, mirón’. Una mesa patas arriba, era un barco y patas abajo, el escritorio de la maestra para jugar de escuelita aún en vacaciones. Tales eran aquellos días vagabundos y buenos de una Costa Rica más tranquila y más nuestra.
No perdimos el tiempo. De mi muñeco sin calzones aprendí a ponerle pañales a mi hija; de la pulpería improvisada en una tabla, a hacer mi presupuesto y a rendir la platica, de “mama loca” a salir corriendo cuando la locura anda desatada y del ‘gato y el ratón’ que a veces gana el gato, pero a veces gana el ratón.
Juegan el cachorro del hombre y el del animal y luego viven hábilmente como si fuera un juego.

<< 1 ... 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 ... 44 >>