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A las 9:46 a.m., Salón logró pararse. Pasará al menos dos días en una jaula temporal antes de estrenar el recinto nuevo que construyeron para él. El fin de semana podría estar a la vista de los visitantes. Abelardo FONSECA/Al Día
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A sus anchas
Danto del Bolívar en recinto nuevo Ovidio MUÑOZ omunoz@aldia.co.cr
Salón despertó atontado de su sueño artificial en medio de una audiencia que esperaba ansiosa sus primeros movimientos. Habían pasado casi dos horas desde que los especialistas del Simón Bolívar habían sedado a este danto para pasarlo a su casa nueva, dentro del mismo parque.
Salón, de 14 años, llegó al zoológico en 1992 después de que una familia de Sarapiquí lo sacara del bosque para tenerlo en casa. Estaba mal: desnutrido y con varias heridas de machete.
Durante muchos años estuvo en un espacio que ya le quedaba pequeño. Por eso había que cambiarlo. Ayer, a las 7:58 de la mañana, los veterinarios Danilo Leandro y Rándall Arguedas empezaron el trabajo de dormirlo para poder llevarlo al otro recinto. Uno con una laguna en la cual también hay almejas que filtran el agua dulce, árboles, pasto, un revolcadero.
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A las 9:10 a.m., por fin se pudo empezar el traslado del danto. Abelardo FONSECA/Al Día
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El agua y los revolcaderos son muy importantes para las dantas. En libertad, tanto en los bosques húmedos como en los secos, viven cerca de fuentes de agua y pasan horas dando vuelta en lugares arenosos. De mucho cuidadoLa primera dosis de anestesia no logró dormir a Salón. Había que ponerle otras.
La tensión era evidente. Hay varios riesgos en una operación de ese tipo. “Puede haber un paro cardíaco o respiratorio, o hipotermina (descenso brusco de la temperatura del cuerpo)”, dice Leandro. Y nadie quiere que muera un animal en peligro de extinción.
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Fueron necesarios seis hombres para cargar los casi 200 kilos de Salón. En primer plano Luis Villalobos (izquierda), y el veterinario Danilo Leandro. Abelardo FONSECA/Al Día
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El primer intento de trasladarlo no fue exitoso. Se movía mucho, y así no podía llevarse, en la camilla, hasta el albergue provisional cerca de la laguna, a unos 200 metros de distancia. Todo había que hacerlo con poco calor y en silencio total.
Por fin, a las 9:10, Salón estaba hundido en el letargo de los sedantes. Había que aprovechar. Le pusieron tacos en las orejas, terramicina para lubricarle los ojos y se los taparon con un trapo colorado.
Seis hombres alzaron sus casi 200 kilos y durante cuatro minutos lo cargaron hasta dejarlo en una jaula donde pasará al menos dos días antes de que los especialistas crean que pueden soltarlo. Es peligroso liberarlo antes de que esté fuera de la influencia de cualquier producto usado para sedarlo o hacerlo reaccionar, sobre todo en un espacio donde hay agua.
“El recinto nuevo está mejor ambientado. La gente podrá conocer a Salón en un sitio parecido a su hábitat natural”, explica Yolanda Matamoros, directora de la Fundación Prozoológicos. Bien identificadoMás de una hora y media después de haberlo puesto a dormir era necesario despertarlo. Pero antes, los veterinarios aprovecharon para combatirle los parásitos, revisarle los dientes, hacerle un examen general, e inyectarle un chip miniaturizado que permitirá identificarlo. En su memoria, el aparatito tiene un código único, algo así como la cédula de identidad de Salón, que dice “Avid 086 076 610”.
Lo que seguía era hacerlo volver del sueño anestésico y entonces le inyectaron un antídoto. A esperar. A las 9:44, una pata delantera moviéndose fue la señal de que Salón venía de regreso. Luego la otra y algunos resoplidos y varios intentos tambaleantes de levantarse del todo. Dos minutos después estaba parado, como perdido, pero bien.
En el futuro, Salón hasta podría pasar su tiempo acompañado de dos damas de su especie. Su casa nueva tiene espacio para otros.
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El veterinario Danilo Leandro examinó al danto mientras todavía estaba anestesiado. Poco después se le inyectó un microchip que lo identifica. Abelardo FONSECA/Al Día
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Amantes del agua
La danta (tapirus bairdii), el mamífero terrestre más grande del país, extiende sus dominios desde México hasta el noroeste de Ecuador y el norte de Colombia.
Las de Costa Rica viven en las tierras bajas de las vertientes del Caribe y del Pacífico, siempre cerca de fuentes de agua, que para eso son buenas nadadoras. Son animales solitarios, y se mantienen activos tanto de día como de noche. Tienen mala visión, pero oído y olfato muy finos. Se desplazan por el bosque con mucha quietud y huyen con rapidez si algo las asusta.
Comen follaje, semillas, frutas, flores y hasta zacate. Se aparean en cualquier época del año y el embarazo –del cual nace una cría– dura de 390 a 400 días.
Los animales jóvenes son de color café rojizo con manchas y rayas blancas.
La pérdida de su hábitat, la deforestación y la cacería indiscriminada la tienen en peligro de extinción.
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