Edgar Fonseca
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La Nicaragua de Ortega se arma hasta los dientes: 17 mil soldados, 200 tanques –al otro lado de nuestra frontera-- ubican a su ejército en el puesto 22 del ranking mundial por poder destructivo, 1.051 cohetes antiaéreos Sam-7, son parte de la descomunal ostentación bélica de este régimen.
“Los dejo con poder de fuego”, se vanaglorió recientemente el comandante Omar Halleslevens, exjefe militar saliente.
Este régimen es una amenaza mayor a la seguridad de Costa Rica y un desafío en la relación bilateral para la administración de la presidenta Chinchilla.
¿Para qué quiere Ortega todo ese aparato militar, bélico?
¿A cuál enemigo va a enfrentar su régimen, obstinado en controlar y desnaturalizar la misión del ejército nica?
Ortega no atiende razones.
En medio de crecientes denuncias de corrupción de sectores de esas fuerzas castrenses, de alegadas conexiones con carteles mexicanos de la droga y paramilitares colombianos, desintegra un cuerpo élite de lucha contra el narcotráfico que coordinaba con la DEA, policía antidrogas de Estados Unidos.
EE. UU. denuncia el refugio que da Managua a emisarios de Teherán (en la lista negra del terrorismo mundial), y a terroristas de las FARC. Y reina complicidad con Caracas, el Cancún de ETA, como lo denuncia España.
Vulnerables nuestras fronteras y servicios de seguridad y muy sensibles las relaciones bilaterales por tantos lazos en común, los nexos con este régimen requieren de un manejo cuidadoso y de denuncia constante a ese rol desestabilizador de la democracia regional que se impone, por libreto de Caracas.
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