Antonio Alfaro
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A “La Negrita” la prefiero pelada, sin tanto adorno, sin el vestido de tela, el manto de oro, la corona, las estrellas, el pedestal, la luna, el ángel, la azucena y el lirio. La prefiero como vino al mundo, pura piedra, sin el oro de 18 kilates que le ponen encima, sencilla, como fue hallada por una humilde aldeana recogiendo leña.
Aunque cada ornamento tiene significado, no dudo que fueran puestos con la mejor devoción, si Dios la hubiese querido tan lujosa nada le hubiese costado.
Aún recuerdo haberme sorprendido cuando años atrás supe que la Virgencita no era aquella gran imagen dorada, sino una pequeñísima piedra negra de si acaso 20 centímetros. Hoy es esa la que prefiero, si bien no es la imagen sino la fe la que mueve a un pueblo, capaz de hacer milagros.
Para mí es solo piedra -me dijo un no creyente, uno de estos días-. Tiene razón, según quien mire. A los ojos de la ciencia será probablemente jade, piedra, roca volcánica y grafito. A los ojos del arte, una escultura moldeada artesanalmente en el siglo XVII. A los ojos de analistas históricos, un elemento de unión entre clases sociales y hasta una concesión a Cartago por su capital perdida.
“Usted no va a sentir lo que yo siento cuando entro a la Basílica”, le respondió un devoto al no creyente. Ahí quienes vamos nos quitamos orgullos y razonamientos. Quizás por eso me gusta sencilla, aunque sea sólo una imagen de esa fuerza inexplicable: la fe.
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