Roxana Zúñiga Quesada, periodista
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Ese árbol que será protagonista la noche de mañana tiene su gran historia. Se cree que apareció a principios del siglo XVII, en Alemania. En 1605, decoraron un árbol para ambientar el frío de la Navidad, costumbre que se difundió rápidamente por todo el mundo.
En 1841, el príncipe Alberto ordenó poner un árbol en el castillo de Windsor, en Inglaterra, lo cual resultó un acontecimiento en la época.
Según muchos artículos de prensa, las lucecitas en el árbol son también parte muy importante, ya que representan la luz y la presencia de los elementales de la Naturaleza. La variedad en colores simboliza cada uno de los cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego).
Estos forman parte de todo lo que nos rodea, incluso de nosotros mismos; por esto, al estar presentes en nuestro árbol, estarán presentes en nuestra casa y en nuestra vida.
El árbol de Navidad -según esos grupos- también actúa como purificador de nuestro hogar y de nosotros mismos. Depende de cómo nuestra casa lo necesite, el arbolito emanará cada cierto tiempo energía de su propio ser, en forma de olor, lo cual actúa como equilibrio para nuestro cuerpo, así como para nuestra casa.
El árbol es más que un simple depósito de regalos. Por eso duele que en enero terminen en caños y lotes baldíos, como basura.
¡Con cuanta ilusión la gente los compra y los adorna! Pero cuando cumplieron su función no hay ningún respeto para deshacerse de él. Y eso refleja lo que es la sociedad actual: ni con los adultos mayores se tiene consideración.
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