Nacionales
Domingo 25 de marzo de 2012, Costa Rica

De hoy

El Evangelio

Álvaro Sáenz Zúñiga

Presbítero / asaenz@liturgo.org

Como una campanada, Jesús oye que Felipe y Andrés le piden recibir a unos griegos que quieren conocerlo. La petición parece avisar a Jesús que le llegó la hora de subir a Jerusalén para cumplir con el designio salvador del Padre. Jesús evangelizaba a Israel, pero su palabra salió de las fronteras iluminando a los paganos. Ese pareciera que llegó el momento de su entrega.

Decidido a beber del cáliz de su Padre, Jesús propone una imagen agrícola: el grano de trigo, bien puede alimentar a alguno, pero tendrá mucho más valor si se transforma en planta. Y eso se logra muriendo. El Redentor, el hijo del hombre e Hijo de Dios, sabe que su gloria viene como paradoja, que será glorificado sólo si pasa por la pasión y la muerte.

Los humanos con frecuencia pensamos demasiado en nosotros, buscamos salvar la vida a toda costa. Este egoísmo es fruto del pecado. Jesús lo critica invitándonos a no buscar nuestra propia comodidad a costa de los demás. Como Jesús, seamos grano de trigo, dispongámonos a morir por el hermano. Así se hace el reino. Morir para que otros vivan.

Ante la perplejidad de judíos, Jesús enfrenta el trance de su propio sacrificio. Pide a Dios fuerza, amparo y defensa, como si se anticipara al Huerto de los Olivos. Ha llegado la “hora”, la que el Padre propone, la del cáliz. Y el Padre le fortalece con una voz misteriosa.

Sabemos que Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios hecho carne. Esto lo aprendemos del Padre de Jesús a quien, como Iglesia, hemos escuchado en el bautismo y en la transfiguración del Señor. Pero hoy el Padre nos asegura que, además, le fortalecerá y llenará de su gloria. Desde el cielo dice que lo ha glorificado y que lo volverá a glorificar, refiriéndose a la crucifixión y sobre todo a la resurrección.

Jesús, el Hijo de Dios hecho carne por la salvación, está listo para entregar su vida por nosotros. El próximo domingo lo contemplaremos en su pasión, pero ocho días después resplandecerá resucitado y glorificado para siempre.