Nacionales
Domingo 11 de diciembre de 2011, Costa Rica

Domingo de alegría

El evangelio de hoy

Álvaro Sáenz Zúñiga, presbítero

saenz@liturgo.org

Hoy es domingo de alegrarse, de aliviar las penitencias del Adviento y vivir a Cristo, el Mesías de Dios, a quien anunciaban los profetas y sobre todo Juan el Bautista. Muchos pensaron que el Bautista era la respuesta definitiva de Dios, pero él mismo aseguró que ni siquiera era digno de desatar la sandalia del que vendría.

Juan, rebosante de serenidad reconoce su oficio, su tarea. Y con la misma claridad declara lo que “no es”: ni el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Él mismo dice ser “la voz que clama en el desierto”, el responsable de allanar el camino al Señor, de señalar entre las gentes al que posee el Espíritu de Dios para llevar la buena noticia a los pobres y anunciar el año de gracia del Señor.

Juan es aquel hombre enviado por Dios para que sirviera de testigo, de acompañante, como de padrino al Mesías. Juan venía para dar testimonio de Cristo, para señalarlo presente entre las gentes. Su palabra determinada y clara sería la herramienta eficaz para que muchos creyeran en Cristo.

Quizá lo más hermoso que debemos entender de Juan es que él no era la luz sino el testigo de la luz. Él era la voz, pero Cristo la Palabra; Cristo es la luz, pero Juan el candelero.

Y entonces, le preguntaron los que le rodeaban y escuchaban con tanto respeto y satisfacción espiritual, ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta? Y la respuesta desconcierta porque Juan se declara simplemente como el responsable de abrir brecha para que el Mesías, al que no es digno de desatar la sandalia, encuentre un pueblo bien dispuesto. Pero lo impactante es lo que Juan agrega: “ustedes no lo conocen”. Lo que queda pendiente es que nosotros, los que hemos venido luego, debemos hacer un esfuerzo considerable para lograr un encuentro personal con Cristo, que nos haga parte de su cuerpo.

Hay que estar alegres y no dejar extinguirse en nosotros la acción del Espíritu. Debemos saber quedarnos con lo bueno para gloria de Dios.