Domingo 3 de mayo de 2009, San José, Costa Rica
Nacionales | De hoy
El Evangelio

Alvaro Sáenz Zúñiga, Presbítero
asaenz@liturgo.org

Cada vez que en el evangelio de Juan, Jesús dice: “Yo soy”, los creyentes vamos a la escena de la zarza, de Éxodo 3, 14, al momento en que Moisés obtiene respuesta a la pregunta planteada a Dios: “¿Cuál es tu nombre?” La respuesta misteriosa es: “Yo soy el que soy”.

Hoy Jesús nos dice: “Yo soy el Buen Pastor”. Con ello, mezcla su origen divino con el oficio asumido por amor al Padre: pastorear el rebaño.

La dulce imagen del Pastor nos da muchos elementos para reflexionar.

A lo mejor, nosotros no entendamos de pastores, ovejas y rebaños. Para los costarricenses la noción “rebaño” es de vacas, y las vacas no tienen ese raro “afecto” por el pastor que sí viven las ovejas, ni la total dependencia que éstas tienen de aquel.

“Yo soy el Buen Pastor”, reitera una y otra vez el Señor. La frase es secundada por la declaración de amor absoluto de Cristo por nosotros, su entrega y sacrificio por el bien del rebaño. Jesús dice: “El buen Pastor da su vida por las ovejas”.

Al mismo tiempo, Jesús busca distanciarse radicalmente del pastor asalariado, del mercenario, del que trabaja por plata.

Señala que el pastor debe amar a las ovejas. El que sin amar a las ovejas ejerza el pastoreo, cuando llegue el peligro, buscará salvar su pellejo sin importarle el rebaño. Entonces vendrá el lobo y dispersará las ovejas.

Luego viene otro elemento que nos fascina y seduce. Nuestro Buen Pastor declara que conoce personalmente a las ovejas, y no con un conocimiento superficial o formal, sino con el conocimiento con que el Padre del Cielo le conoce a él, su Hijo único.

Esto nos lleva a pensar seriamente en la fe. Jesús asegura: “Conozco mis ovejas y las ovejas me conocen”.

Con ello, declara que nosotros estamos obligados a imitar su “conocer”. Si él me conoce, debo esforzarme por conocerlo a Él de igual manera.

Y hay todavía otro detalle: hay ovejas que no son del rebaño de Jesús. El Señor ansía atraer hacia Él esas ovejas que no son de su rebaño.

Y es simple: lo único que se necesita para pertenecer al rebaño de Cristo es saber “escuchar su voz”.

Es claro que la voz física de Jesús ya no es audible. Lo que está a la mano es la predicación de la Iglesia que le anuncia. Por eso, es necesario que, como Iglesia, dejemos las mediocridades de lado y asumamos el anuncio de Cristo.

Hay muchos que siguen en ayunas, sin ser consolados por el que murió en la cruz y que, resucitando, garantiza a todos la vida eterna. Él ha dado la vida voluntariamente por el rebaño. Nadie se la quita, sino que él la entrega con toda libertad.

Él es el Buen Pastor. Nosotros el rebaño de la Iglesia.

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