Domingo 29 de enero de 2012, Costa Rica

Pionero

Erick Vega

Neyssa Calvo Achoy

ncalvo@aldia.co.cr

El mismo camino, los viveros y hasta la “pulpe” Buenavista siguen ahí como fieles testigos del paso de los años en El Guarco de Cartago. Sin embargo, en la casa de la familia Vega Sánchez todo cambió aquel 5 de noviembre de 1999.

Ese día, el más pequeño de la casa Erick, de tan solo tres años, prácticamente volvió a nacer y se convirtió en el primer tico trasplantado de hígado con donador vivo: su papá que se recuperó en una semana.

Hoy, 12 años después, recuerdan ese capítulo de sus vidas como un milagro.

Ese niño se convirtió en un joven como tantos amante de los videojuegos, aficionado a las mejengas y un comelón, según su mamá Alexandra.

En broma dice que a su hijo menor en lugar de un trasplante de hígado le dieron uno de estómago, porque siempre tiene la nariz en la cocina.

Sentado en el sofá de su casa, en un pueblito también conocido como Barrancas de El Guarco, sonríe y asiente a los comentarios de sus padres. Hace unos años, lo recuerdo en ese mismo lugar jugando a los carros con un cubrebocas. ¿Cómo ha pasado el tiempo?

Erick no habla mucho quizás porque no tiene imágenes de lo que sus papás van recordando lo sucedido años atrás con emoción, pero también con un cierto aire de tristeza.

“Estamos agradecidos con Dios, pero no fue sencillo. Todo había que esterilizarlo, adaptar la habitación de Erick y prácticamente aislarnos por un año”, dijo doña Alexandra.

Eso sí, todos en casa están convencidos que fueron bendecidos, pues desde la cirugía Erick no ha sufrido recaídas. Saben de otros que no han topado con la misma suerte. Eso sí, él continua visitando su segunda casa, el Hospital de Niños (HNN), cada seis meses con su papá, Juan Vega, que también tuvo que aprender a lidiar con la prensa nacional.

Un viaje inolvidable

Puede ser que para muchos ver como rompen las olas del mar sea algo normal, pero para Erick fue un sueño.

Durante muchos años, las salidas de casa eran pocas, pues las bacterias y gérmenes aún hoy son sus enemigos. De ahí que pudo conocer la playa hasta hace seis años.

“Lo llevamos a Puntarenas, le daban miedo las olas al principio, pero después no quería salir. Fue algo inolvidable”, recuerda su padre.

Erick, a las puertas de cursar el octavo año, es consciente del sacrificio de sus padres, el apoyo recibido para comprar medicamentos. Sabe que entre su papá y él existe un lazo que va más allá de la sangre.