Sucesos
Domingo 11 de marzo de 2012, Costa Rica

OIJ detectó roces con víctimas, pero no un detonante de peso

Un apacible policía desencadenó la masacre en embajada de Chile

Otto Vargas M.

ovargas@nacion.com

Aquellos que sobrevivieron para relatar la masacre en la embajada de Chile, observaron al policía Orlando Jiménez Jiménez con sus ojos fuera de órbita y el rostro desencajado.

–Orlando, qué dicha que lo tenemos a usted para que nos proteja, le dijo María Cecilia Montero (trabajadora de Pro Chile) cuando se lo topó en un pasillo. Pero aquella tarde del 27 de julio del 2004, el policía no estaba allí para salvarla: estaba allí para matar.

Montero creía que un ladrón había ingresado a la embajada de Chile, en barrio Dent, Montes de Oca, y hasta se atrevió a apartar el fusil M-16 cuando el policía lo apoyó contra su estómago.

–No juegue con eso, lo sermoneó mientras le apartaba el cañón aún humeante. De paso, le palmeó la espalda. Esa forma de expresarle cariño le salvó la vida.

Segundos antes y sin explicación alguna, el oficial había herido de muerte al primer secretario de la legación, Roberto Nieto Maturana y se aprestaba a atentar contra otros dos diplomáticos: el cónsul Christian Yussef Marchant y la asesora cultural Rocío Pilar Sariego Pérez.

Jiménez se llevó a la tumba los motivos por los que atacó a las víctimas a mansalva.

Salvo algunos pasajes –como la vez que lo ilusionaron con la promesa de trabajo para su hija o los incidentes con las burras que se utilizaban para guardar campos en el parqueo – , nunca hubo claridad sobre el detonante que llevó a este apacible oficial a perder la cordura.

Asesino improvisado

Orlando Jiménez tenía mirada melancólica. Era un hombre reservado y de pocas palabras, enemigo de vicios y de discutir.

Sus superiores nunca lo vieron enojado. En la foto de su ficha policial sonríe ligeramente. Tenía un aire bonachón.

A kilómetros eran evidentes sus raíces rurales.

–No era una persona que explotara. Cuando se enojaba, se guardaba las cosas, contó al OIJ Andrea Jiménez, hija del oficial.

Los detalles de lo ocurrido ese día forman parte del informe que en setiembre del 2004 remitieron los agentes de Homicidios del OIJ a la fiscala Andrea Murillo.

La masacre

La mañana del crimen, el oficial Jiménez llamó a la puerta de su hija a las 5:15 a.m. Se despidió de su familia sin exceso de muestras de cariño y tomó el bus de las 5:50 a.m. con destino a San José.

Horas después, los medios de prensa enloquecieron con la noticia de “la toma de la embajada”.

La primera detonación, proveniente de la oficina de Roberto Nieto, sacó a Xinia Vargas (secretaria del cónsul Yuseff) de concentración.

Observó a Jiménez salir con el fusil en mano. El cañón apuntaba hacia el frente. Llevaba la mirada perdida, estaba pálido y tenía los labios amoratados.

–¿Jiménez, qué le pasa?, le preguntó temerosa.

En vez de una respuesta, el policía la empujó con el fusil. Con pasos mecanizados y sin pestañear, avanzó hacia el sur y dobló al final del pasillo.

Se dirigió a la oficina de Rocío Sariego, un recinto escaso de muebles, adornado con un cuadro del poeta Neruda y le disparó en el pecho.

En medio de la confusión, algunos empleados aprovecharon para esconderse. El cónsul Yuseff fue la última víctima; ni siquiera en su oficina estuvo a salvo.

–Jiménez, ¿qué pasa?, preguntó el diplomático desde el otro lado de la puerta.

Habló con voz quebrada por el pánico. El policía empujó la puerta, pero lo hizo sin la fuerza suficiente para entrar.

–Don Christian, salga. Tengo que hablar con usted.

–¿Para qué? Cálmese. Hablemos y arreglamos las cosas. ¿Jiménez, qué le pasa?, le escucharon decir algunos de los sobrevivientes.

En cuanto abrió la puerta, dos balas acabaron con el cónsul.

Cumplido su propósito, el agente intentó salir de la legación; el portón principal estaba cerrado.

Roy Pérez, policía destacado en un edificio cercano, se acercó a la embajada al escuchar disparos. Con sigilo, se asomó a la puerta. Notó en el rostro de Jiménez, miedo, cólera, desesperación...

–Jiménez, soy Roy; su compañero. Dígame qué es lo que pasa para ayudarle.

–Nada, ábrame el portón; quiero salir... o se quita porque a usted también le doy”.

–Tranquilo. Ya el jefe viene para acá. No complique más la situación, le sugirió.

Atrapado y con la culpa al rojo vivo, Jiménez comprendió que no había escapatoria. Apoyó la barbilla sobre el cañón del fusil y jaló el gatillo. Una bala surcó su cara de arriba a abajo.

Ciego, mudo y moribundo a raíz de las lesiones, deambuló por la sede diplomática por horas, desesperado por agua.

–Se tocaba la boca y la cara. Trataba de levantarse. Se apoyaba en la pared, recordaría luego el diplomático Leonardo Banda.

La balacera en la embajada comenzó a las 4 de la tarde.

A las 10:04 p.m., cuando el equipo táctico policial tomó por asalto la embajada, cuatro cadáveres yacían en el suelo.